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DE LA EMOCIÓN A LA FE

Todos los creyentes estamos llamado a vivir una vida de fe para agradar a Dios y  para poder alcanzar todo lo que Él nos ha prometido en su Palabra.

Muchos confunden la fe con la emoción y por eso no pueden ver los resultados de vivir una vida de fe.

La emoción es la agitación del ánimo, ya sea por un recuerdo, una idea o conmoción orgánica, por algo que nos dijeron o una circunstancia que activa el ánimo.



Dios nos creó con emociones para sentir, de lo contrario seríamos robots; pero no debemos confundir emociones con fe.




La emoción está en la mente, la fe en el espíritu. Nos expresa­mos mal cuando decimos: "Yo siento que tengo fe", porque la fe no se siente, se cree.

La fe crece y se alimenta oyendo la Palabra de Dios. Fe es para ser creída, no es para ser  sentida, por eso, no impor­ta si no sentimos nada  a la hora de lanzarnos a ejecutar aquello que Dios nos ha dicho que hagamos.

La fe está en el espíritu, en lo más profundo del ser, es por eso que Jesús dijo que es como un grano de mostaza que hay que sembrarlo, para que crezca, de lo contrario, se ahogará por la emoción.

Las emociones son dirigidas por lo que ves y lo que sientes, la fe por lo que crees.

Dios nos instruye a que andemos por fe y no por vista.

Debemos tener cuidado con las emociones porque pueden crear un sentir falso que no está ligado a la fe, la fe  debe ser el combustible que nos mueva en nuestro caminar con Dios.

Las emociones pueden encarcelarte e impedirte hacer lo que Dios quiere que hagas.

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